
He escrito mucho sobre tí, he incursionado en guardar tus fotos viejas, colocarme tu sombrero gacho negro-pardo y mirarme fijamente al espejo desde un tiempo hacia acá. Te parecías mucho a mi padre (mi padre se parecía mucho a ti).
Los domingos estaban escritos en todas mis agendas, estaban marcados, verte era asunto primordial de ese "primer" día de la semana. Así auguraba que todo saldría bien y dormía tranquila recordando nuestras luchas de puños en la mesa o desde tu sillón ancho y marrón.
Supe que me querías mucho, lo sabia siempre que se aproximaba la despedida y tus ojos se llenaban de lágrimas, creo que sabias que el tiempo de perdernos llegaría de prisa. Todo el tiempo lo supiste. Supiste también que tenias el don de colmarme de felicidad con cada guiñapo de sonrisa que lanzabas al aire, supiste, recelosamente, como guardar el secreto de un matrimonio eterno y feliz **y te llevaste el secreto. Supiste como enseñarme a abrazar, a peinar tu cabellera gris, pero sobretodo a dejarme juguetear con tus orejas, con tus manos, con tus chistes.
Recuerdo tantas cosas de tí, me encanta recordarlas, me sumergen tan profundo.Ahora mismo, recuerdo vernos sentados en la finca, mientras tu hijo, mi padre, jugaba ensimismado aquello que aun une a la familia y no los deja salirse de costado.
Aunque el reloj marque las 12.30 a.m, siento que el día de tu despedida no se me va de las manos. Ocho meses me han parecido eternos sin tí. Sé que no podré dormir sabiendo que otro domingo me espera desolado. Sin tus manos Chago, sin tu risa ni tu voz.
Sin embargo Santiago, no he dejado de verte ningún domingo, no he dejado de verte en ningún momento.