
Una tarde cualquiera me puse a observarle. Me fijaba en sus ojos cual destello apacible, sus cabellos negros y aquella barba bien crecida que luego serviría para pagar alguna promesa engendrada.
Recorrer los pasillos atiborrados de enfermos era cosa diaria, chequearlos de arriba hacia abajo, tomar notas, tomar mas notas y cansarme de las susodichas repeticiones que encarna cualquier cuidadora de pacientes era realmente una tarea común.
Aquél día, algo rompió la rutina. Soñé que me miraba el individuo de barba larga y, era justo, creo que me merecía esos segundos de felicidad inexplicable. Un intruso generó un milagro, el milagro de que pedir un deseo fuera cosa fácil cuando se usa aquello que protege nuestros ojos, eso que llaman pestaña. Sí, una pestaña tranquila y calmada resolvió desprenderse de un ojo extraño y el muchacho de la barba resolvió apartarla y pedir un deseo junto a la dueña del cabello. La incumbente siquiera reparó en prestar atención y se esfumó del lugar. Quedársela para sí, fue la respuesta del muchacho, yo, colmada de inocencia precoz objeté aquella disolución de "Pedir deseos cuando una pestaña se separa" y dije: Pues pídelo tú!, que esperas!, él, como cumpliendo con anterioridad mi deseo de cruzar alguna mirada, indicó que nunca funciona si no se pide entre dos.
Colocó su dedo índice con palma arriba, esperando el contacto justo del mismo extremo mío. Lo hice, y me quedé pensando en que mis deseos (todos los que pudieron haberme pasado en ese nanosegundo) se habían cumplido inmediatamente. No era necesario despegar los dedos para saber que la pestaña, sí, aquella mágica pestaña, se quedaría impregnada para siempre en mi mano, sólo sonreí y cuando finalmente nos tocó sentir la ausencia de piel, bajé la cabeza para confirmar, simplemente confirmar, que ciertamente ahi quedaba, el rastro de aquella máquina de deseos que los vuelve realidad al instante.
Sigo guardando en el bolsillo izquierdo aquella pestaña. Seguirá latiendo perenne junto a lo que acolcha su respaldo.