jueves, diciembre 21, 2006



...A nadie puedo preguntar con las palabras del alma, y es mi tristeza un papel que el viento no deja caer...

Erase una vez, una diminuta mariposa que revoloteaba todas las mañanas por mi cerebro. Todos los Domingos ella era la encomendada a hacerme creer maga de ilusiones, era ella quien me hacía pensar que la vida se puede dar toda en un instante, era mi compañera fiel de sonrisas, mi reflejo brevemente distorsionado.


Desperté una clara mañana y fui a caminar por los parques de auroras, por las letras acongojadas que olvidan dueños, por las calles cansadas de ser desdibujadas. Eran los comienzos de unos aires de felicidad, de una felicidad a punto de ser corrida hacia el infinito.


Estaba yo, estaba ella presente y estaba el medio transistor, el nexo entre nosotras dos, mi padre. Durante dos segundos sentí el frio de su paladar, fielmente me fue sincero, fielmente me dijo que nuestra mariposa bailarina se nos iba sin pensar en adioses cercanos, fielmente me dijo que nuestra bailarina simplemente se nos iba sin pedirnos permiso.


Con o sin causas de repente se me ha nublado el pensar, éste aun permanece intacto, no acepta el hecho, no acepta la incertidumbre.

Sutilmente me han ido inundando las mismas causas, sutilmente se me ha hecho la garganta y la razón un solo nudo, duramente me ha golpeado el mazo de lo absurdo por tercera vez. Hoy pretendo arroparme con esas alas que con cadencia movía mi mariposita, hoy espero verle quieta pero despierta, hoy quiero que mañana nuestra bailarina regrese a endulzar a áquel que le espera con su débil timón, hoy quiero creer que creo en ángeles compasivos que me la traerán de vuelta a como estuvo. Hoy, hoy sencillamente le estoy esperando con almohada y cobija.
La hora no te llega Emilia... te queda mucho por dar, mucha felicidad a impregnar.